Bienvenido a Sector Ejecutivo, revista de Economía y Empresas / España, Nº 261 Enero de 2021

Luis Hernando de Larramendi Martínez, presidente de Acción Social Empresarial (ASE)

Carmen Peñalver

En 1951 se puso en marcha Acción Social Patronal, embrión de lo que hoy es ASE. Su nacimiento fue en paralelo al nacimiento de la HOAC en el seno de la Acción Católica, pues fueron creándose al mismo tiempo Secretariados Patronales dentro de ella, que confluyeron con otras organizaciones de empresarios como el Apostolado Social Católico de Vigo, en la cristalización de Acción Social Patronal que así se llamó en sus orígenes. 

En 1971 se procedió a la adaptación y transformación de sus estatutos y al cambio de nombre de Acción Social Patronal a Acción Social Empresarial. ¿Por qué estos cambios y bajo qué paraguas jurídico queda ASE? 

Hay que situarse en los convulsos años que siguieron al concilio Vaticano II, a mayo de 1968, y a las transformaciones sociales que se producían en España, en que Acción Católica se desmoronaba hasta el punto de que la mayoría de los militantes de la HOAC y de la JOC desaparecieron, y todo el movimiento que había tenido 600.000 miembros en 1955 llegarían a tener sólo 15.000 en 1979, en medio de una deriva hacia posiciones socialistas y marxistas que causó una convulsión en el seno de la Iglesia.
En medio de todo ese proceso, y para que tuviera mayor libertad nuestra asociación de empresarios, en la XII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de 11 de julio de 1970 se desvincula a la asociación de la Acción Católica y se convierte en asociación eclesiástica de ámbito nacional, registrada en la Dirección General de Asuntos Eclesiásticos, hoy de Entidades Religiosas, al tiempo que se adoptan nuevos estatutos. 

¿Cuáles son sus órganos de gobierno? 
La Asamblea General, el Consejo de Dirección, la Presidencia y la Secretaría General. 
El presidente es nombrado por la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española entre la terna de candidatos que le propone la Asamblea General y su mandato es por cuatro años renovables. 
La Asamblea General se reúne como mínimo una vez al año y designa a los miembros del Consejo de Dirección.
El cargo de secretario general puede ser acumulado al de vocal del Consejo de Dirección, y así lo está en la actualidad.
Hay un vicepresidente, cargo que ocupa Javier Fernández-Cid Plañiol, y también un Asesor Religioso, que es nombrado también por la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española a propuesta del Consejo de Dirección, el fraile capuchino Benjamín Echeverría.

¿Qué perfiles profesionales tienen los socios de ASE y qué creencia conjunta comparten? 
Los miembros de ASE encajan dentro de tres categorías, empresarios, directivos y profesionales, todos ellos unidos por el profesar un credo común, su adhesión a la Iglesia Católica, y por una especial preocupación por transmitir sus enseñanzas sociales dentro de sus respectivos ámbitos de actividad, que en sectores concretos y geográficos son de lo más variado. 

¿Qué les aporta ASE a sus socios y a la sociedad española en general? 
A una asociación como ASE no se llega por el deseo de obtener algo de ella, sino por el convencimiento personal, el deber moral, de tener que aportar algo a la sociedad y compartir la gracia de la fe también en el mundo de la economía y la empresa. 
Pero naturalmente, también como en toda asociación, nuestros miembros obtienen la satisfacción de encontrarse con otras personas que comparten sus principios, encuentran un lugar de acompañamiento en la difícil tarea de no llevar una vida dividida entre la actividad del mundo económico y la actividad personal en otros ámbitos, y obtienen la satisfacción de contribuir, aunque sea con enorme modestia, a hacer presente la Doctrina Social de la Iglesia en el mundo profesional y empresarial. 
También como en toda asociación el sentimiento de común pertenencia a algo más grande genera amistad y apoyo en lo personal y lo profesional entre sus miembros. 

¿Por qué son rentables los valores en la empresa y la transmisión de los mismos? 
Los valores como la ética, la transparencia, la dignidad en el trato, el otorgamiento de responsabilidades y la equidad en las decisiones, entre otros, y estén o no lo basados en una concepción cristiana de la vida, son siempre positivos para las empresas, porque generan un mayor afecto, un positivo sentido de pertenencia y todo ello se traduce en una mayor contribución a la riqueza de la sociedad y de todos sus participantes. Y eso es algo que no ocurre en las organizaciones donde reina la sospecha, el favoritismo, las desigualdades o el trato vejatorio, donde los beneficios que pueden extraerse a corto plazo hacen inviable a largo el esquema, sobre todo en una sociedad como la actual, donde las redes sociales permiten airear trapos sucios y conductas impropias con gran facilidad. 
Y la transmisión de esos valores es buena para la empresa en concreto, para todos los que con ella se relacionan, trabajadores, proveedores, competidores, y para la sociedad en general. 
Cuando esos valores llevan además el marchamo espiritual del cristianismo, trascienden su propia esencia y acercan a los que los perciben al Dios creador origen de todas las cosas.