Bienvenido a Sector Ejecutivo, revista de Economía y Empresas / España, Nº 236 Octubre de 2018

José Riba Vidal, socio fundador de Riba-Vidal Abogados

Juan Comas

Los profesionales del bufete Riba Vidal Abogados están en permanente formación y son auténticos especialistas en sus disciplinas y a menudo trabajan en diferentes áreas a fin de lograr una visión más completa y global de las cuestiones que pueda plantear el cliente. Sus decisiones se basan siempre en su propio criterio. No pertenecen a ninguna estructura de ámbito nacional o internacional que pueda condicionar su actuación, aunque la exigencia de profesionalidad les lleva a menudo a colaborar con especialistas externos que les ayudan a formar la opinión más acertada.
José Riba Vidal, uno de los litigadores más prestigiosos de nuestro país, dirige el despacho con mano firme y sensibilidad hacia sus clientes y colaboradores.

¿Cómo ve el futuro de su profesión?
Mire usted, desde mis inicios en las aulas universitarias, he oído que los abogados van a desaparecer, que la tecnología los eliminará. Hoy sigo oyendo gente decir lo mismo.
Probablemente nuestro sector de conocimiento es el menos evolucionado en los últimos siglos, sin embargo, los avances tecnológicos que facilitan el manejo de datos y aceleran los procesos administrativos en general, comportarán unos cambios de técnicas y hábitos, pero la función social del abogado es imperecedera, como lo son los conflictos humanos.
Cuando era un niño y jugaba en bicicleta por mi barrio, tenía al lado de casa un taller de venta y reparación de bicicletas. Su aspecto era triste y decadente. Recuerdo a mi padre diciendo, esto de las bicicletas se ha acabado, ya son historia. No hace falta que le diga cómo anda hoy el negocio de las bicicletas, ¿verdad?. Se trata de adaptarse a los tiempos y evolucionar.
En el mundo jurídico la evolución será fruto de la aplicación de los nuevos criterios de inteligencia, incluida la denominada, inteligencia artificial.

¿Quiere decir que hasta ahora los abogados no han aplicado la inteligencia?
No, al contrario, el ser humano siempre ha utilizado la inteligencia, incluso en las sociedades más primitivas, basada en la combinación de intuición y experiencia, en el campo jurídico y en concreto en el litigio, a eso le llamamos estrategia procesal. El cambio se produce cuando el aumento de información obliga a utilizar métodos conscientes, ordenados y desarrollados de inteligencia. El aumento de información comporta el establecimiento de un método de utilización e interacciona con otros campos de conocimiento de manera coordinada.
Le pongo un ejemplo sencillo, para componer un puzle simple de 5.000 piezas le bastará un poco de intuición y algo de experiencia. Para componer un puzle de 1 millón de piezas tridimensionales necesitará, además, criterios de inteligencia y probablemente instrumentos técnicos, y si tiene que terminarlo en un plazo de tiempo determinado, imagínese.
Hasta hoy un pleito solía ser un puzle pequeño o mediano, cada vez más el volumen de información sobre todos los elementos que intervienen en un pleito es mayor, y los plazos procesales son ineludibles, así que necesitamos criterios de inteligencia para afrontarlos con garantías de éxito. Las tecnologías actuales, el big data, la jurimetría, las redes sociales, los análisis y perfiles psicológicos, sociológicos, la utilización de algoritmos, las mecánicas predictivas, los análisis científicos cualitativos y cuantitativos aplicables a cualquier acto humano, nos obligan a establecer mecanismos de inteligencia para alcanzar los objetivos previamente determinados.
El futuro de los procesos judiciales pasa por ser lo que se denomina “Data-Driven”, es decir, que sean los datos y su interpretación los que definan las estrategias judiciales.

¿Esa inteligencia la puede hacer una máquina?
No, la máquina aporta información y la ordena. La inteligencia humana es la que establece los criterios de ordenación, valora los resultados y decide. Se trata de una simbiosis entre máquinas y seres humanos. Las máquinas son excelentes en el procesamiento de datos y creando patrones, pero fallan a la hora de interpretarlos. Por su parte, el ser humano es hábil en la interpretación, pero torpe en el procesamiento simultáneo de grandes magnitudes de datos.
El mundo del Derecho tiene todavía un obstáculo más de freno al mecanicismo puro y duro; el lenguaje jurídico. Hoy por hoy el lenguaje jurídico es lenguaje común plurisemántico. Hasta que no se diseñe un lenguaje artificial sobre la base de principios de lógica y matemática, la interpretación en su fase última, seguirá siendo una función humana.
Pensemos en una partida de ajedrez, muchas veces se compara el juicio con una partida de ajedrez. Hoy los ordenadores planifican y analizan millones de posibilidades para desarrollar cada partida, sin embargo la mente humana es capaz todavía de superar a la máquina en un escenario ordenado y con reglas inamovibles y no interpretables como el ajedrez. Imaginemos hasta qué punto se complica la situación en la vida real, en el litigio donde las reglas -normas jurídicas- cambian y se interpretan los hechos, se discuten y se valoran, los argumentos a veces se retuercen o distorsionan, los actores hablan o callan, dicen la verdad o mienten. Ante esa situación, la máquina por muy sofisticada que sea nos necesita.