Bienvenido a Sector Ejecutivo, revista de Economía y Empresas / España, Nº 281 Noviembre de 2022

Enrique Sánchez de León, consejero director general de Asociación para el Progreso de la Dirección

Carmen Peñalver

APD es, en estos momentos, la asociación empresarial no representativa de intereses más grande de España. Cuenta con más de 3.300 empresas socias, realiza cerca de 1.000 eventos anuales por los que pasan 50.000 directivos, y está ya presente en 6 países. Además de sus clásicos productos de formación y de “networking”, ha diversificado su portfolio, ofreciendo servicios de optimización de la presencia digital para empresas y directivos, y está empezando con otro tipo de servicios tecnológicos de utilidad para las compañías.

¿En qué ha cambiado la forma de gestionar y de liderar las empresas tras la pandemia?
Lo que ha hecho fundamentalmente la pandemia ha sido acelerar tendencias que ya estaban ahí con anterioridad, pero a las que ahora nadie se puede sustraer. Me refiero a la digitalización y a la sostenibilidad. También se han consolidado otros temas a los que antes quizás no se les daba tanta importancia estratégica, pero que ahora están en la agenda de todos los Consejos de Administración. Me refiero, por ejemplo, a la gestión de riesgos, o al mayor control de la caja, o a la ciberseguridad.
En cuanto al liderazgo, quizás se ha vuelto más empático, más cercano, y más cuidadoso de la motivación y la salud mental de los empleados. Es verdad que, además, todos estamos aprendiendo a gestionar entornos híbridos, con lo que el liderazgo se vuelve más líquido y complejo.
Yo no diría como dicen algunos, que necesitamos más líderes; lo que necesitamos son mejores líderes.

En este sentido, ¿cómo ha ido evolucionando la manera de impartir formación a las empresas en los últimos años? ¿El cambio es sólo consecuencia de los efectos de la pandemia, o ya lo veíamos anteriormente?
Lo que ha ocurrido es que, debido al cambio acelerado del entorno, la población en general, y los directivos en particular, han asumido el famoso long life learning, es decir, la necesidad de aprender durante toda la vida. Por eso se han hecho más frecuentes los programas de upskilling y de reskilling, que permiten actualizarte con recurrencia, y en los que gracias a la tecnología puedes hacerlo sin preocuparte por el lugar donde estés, y acceder a la mejor calidad, con los mejores profesores. Pero esto no ha hecho más que iniciar los primeros balbuceos. Las posibilidades que, por ejemplo, ofrece el metaverso para la formación y la educación son absolutamente increíbles.

Mucho se habla últimamente de la importancia de las soft skills para las organizaciones. ¿Pero no se supone que debían ser ya importantes antes? ¿Qué ha cambiado para que ahora se le esté dando una destacada relevancia a estos aspectos, tales como la empatía, la capacidad de comunicar, las habilidades sociales, la creatividad, la inteligencia emocional o la capacidad de aprendizaje, por ejemplo?
Así es, la preocupación por las soft skills ya existía antes, pero es ahora cuando las empresas se han dado cuenta de verdad que el valor diferencial lo dan las personas. Ya no bastan los títulos universitarios o los conocimientos cualificados, sino que es necesario saber reaccionar con flexibilidad y resiliencia a las circunstancias cambiantes del entorno, sacando además lo mejor de los demás. En la guerra por el talento que estamos viviendo, y que vamos a vivir de forma cruenta, las habilidades blandas cuentan ya más a la hora de seleccionar a los mejores, que el conocimiento que uno trae en la mochila, sencillamente porque ese conocimiento está ya al alcance de todos.

Las ventajas que para las empresas tiene la tecnología, están fuera de toda duda. ¿Hacia dónde nos lleva la misma? ¿Dónde quedará el ser humano?
El problema de la tecnología es que ha adquirido una dinámica de aceleración, que parece estar dejando atrás, no sólo el ritmo de asimilación de las empresas y de los individuos, sino también el propio propósito para el que fue creada. Es decir, la sensación es que, en lugar de primero pensar y luego hacer, primero hacemos y luego pensamos en las consecuencias. Por ejemplo, ¿estamos dispuestos a perder nuestra privacidad o nuestro libre albedrío a cambio de unos cuantos likes o de descuentos en determinados productos o servicios? Y esto se va a precipitar con la Inteligencia Artificial. O la ponemos de verdad al servicio del ser humano, o acabaremos nosotros estando a su servicio.